Saliendo con un perdedor

El blog de perdedor es un lugar para hablar de todo un poco, sobre todo de lo que ehe visto hasta hoy es que esa persona sigue movida por el interés. triste pero y no quiero olvidar a esa persona, es un gran amigo (o asi lo . llaves del coche para que no este saliendo con sus amigas, eso y muchas. Mierda ex gf esta saliendo con un perdedor gozo tu blooog!!! Jajajajaja, puta que me sufrí ese periodo pre-fiesta-de-graduación menos mal estaba pinchando con mi ex en ese entonces, pq o si no hubiera tenido que llevar a mi hermano de pareja. Muchas gracias por la buena onda, y apaño sí o sí con la selfie! ... Los diez primeros signos de que estas saliendo con un perdedor que pegan en el voto. A menos de un mes de las PASO, los indicadores económicos muestran resultados dispares. En ese segundo lote se ubican el empleo, la actividad industrial, la recuperación del salario real y el control de la inflación. ¿Estás saliendo con un perdedor? 1183 Veces vista 0 Comentarios. Escrito por datingdirector Añadido: 10 de Feb, 2010 Lana estaba haciendo el amor con su novio, Dan. En medio de la pasión, Lana miró amorosamente a Dan y comenzó a darle un gran y apasionado beso. 12 señales de que estás saliendo con un perdedor. Por. Aldo Peguero - 27 septiembre 2012. Fíjate en los puntos que enumera esta lista que contexto.com.ar elaboro. Si te sientes identificada, estás a tiempo de huir. 1 El odia cualquier cosa que tú quieras hacer, pero no ofrece nada mejor. Cómo saber si estás saliendo con un perdedor La mayoría de la gente quiere pensar que están saliendo con un ganador - alguien que es emocionalmente sana, responsable financieramente y emocionalmente madura. Si cree que su nuevo amor se queda corto, puede ser el momento de poner fin a la relació 12 señales de que estás saliendo con un perdedor Fíjate en los puntos que enumera esta lista que contexto.com.ar elaboro. Si te sientes identificada, estás a tiempo de huir. ¿Está usted saliendo con un(a) Fracasado(a)?, Page 1 . “El/La Fracasado(a)” entonces le va a decir que ellos la están tratando mal. Signos que indican que estás saliendo con un perdedor . al “perdedor” decir cosas verdaderamente desagradables de ti o las personas que. Saliendo con un chico tan amigos es fácil si está seguro de enviar señales claras de que. perdedor-foto1. Hoy te traemos 12 tips en donde averiguaras si estás saliendo con un perdedor. No están en la misma sintonía económica.

.........Y mato porque me toca.

2017.08.15 07:49 Subversivos .........Y mato porque me toca.

El relato del crimen que transportó a este país hacia las regiones mentales más frías de los asesinos anglosajones en serie comienza cuatro años antes del 30 de abril de 1994, noche en la que un estudiante de tercero de Químicas, de 22 años, y otro de tercero de B.U.P., de 17, eliminan a un hombre con 20 puñaladas porque lo exigía el guion del juego que ellos mismos inventaron.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS ... Y mato porque me toca Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
Cuatro años antes de aquella madrugada, en un campo de fútbol del barrio madrileño de Chamartín, Félix Martínez, un niño de oc­tavo de E.G.B., se embelesa con los gritos desde la grada de un chaval cinco años mayor, ojos azules detrás de gafas gruesas, metro noventa sobre el nivel del suelo, moreno y desgarbado en el andar. Félix se le acerca creyendo que declama nombres de personajes del juego del rol, el invento que surgió a finales de los sesenta en Estados Uni­dos y conquistó en forma de negocio las papelerías españolas en la década de los noventa. Varias fichas, un tablero, una historia inven­tada y unos roles, interpretaciones o arquetipos que se adjudica a ca­da participante. Inteligencia, fantasía y tiempo libre para probarlas. Ordena y manda la figura del rol master.
A Félix no le gustaba ningún deporte, ni siquiera le apasionaba el cine, ni las chicas –su primera relación amorosa la tendría dos años después–, ni las motos, ni la ropa, ni los estudios. Tan sólo leer, a ser posible historias paranormales, escribir poemas y jugar al rol.
Félix se iba a llevar una sorpresa. Allí tenía un posible compañe­ro de Rol gritando aparentemente nombres de personajes. ¿A qué es­peraba para conocerlo? El chico de E.G.B. aborda por fin al miope de ojos azules y le pregunta si también sabe jugar al rol. Dos trage­dias se dieron la mano.
MÁS INFORMACIÓN ... Y mato porque me toca Todo lo publicado en El País sobre el caso 2008: Javier Rosado, el asesino del rol obtiene el tercer grádo 1999: Félix Martínez se rehabilita en un piso de estudiantes La de Félix, fácil de resumir: nunca tuvo hermanos, su padre ge­nético murió drogadicto y enfermo de sida cuando el niño cumplía un año, la madre mexicana, también drogadicta, conoció a su padre adoptivo cuando el chaval cursaba segundo de E.G.B. y se separaría cuatro años más tarde. Félix conocería entonces el cariño incondi­cional del nuevo padre y el desbarajuste colegial de todos los maes­tros por los que iba pasando, ya fueran de Madrid, Ibiza o La Rio­ja, según adjudicaran su estancia al lado de la madre o del padre. «Nunca hubo paz, eso no era una familia», confesaría el chico. La madre muere también de sida dos años antes del crimen y dos años después del encuentro con Javier en el campo de fútbol.
Félix, un carácter inseguro, nunca líder ni siquiera de sí mismo, lector empedernido, conoce en aquel campo a otro lector más empe­dernido, un fulano con una seguridad en sí mismo extraordinaria, alguien con frases del tipo «las mejores drogas están en la cabeza de uno», solitario, bien educado, taciturno y didáctico: Javier Rosado Calvo, vecino de Félix en una calle de Chamartín donde los pisos de cien metros cuadrados cuestan hasta 30 millones de pesetas de los años noventa. El del padre adoptivo de Félix, empleado en una empresa de máquinas tra­gaperras, era tan sólo alquilado.
Javier gritaba en las gradas varios nombres pero, para sorpresa del chiquillo, aquel tipo encorvado no sabía jugar al Rol. El chasco duró sólo un segundo, porque las palabras del otro llevaban un significado aún más atractivo y profundo que el del simple juego: eran nombres, pasajes, del gran novelista de literatura fantástica H. P. Lovecraft, el genio de principios de siglo cuyos relatos de tumbas, castillos temblorosos, sueños, monstruos y nieblas llegan cargados de frases tipo: «Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles senti­dos físicos [...]». H. P. Lovecraft, la pasión confesa de Javier.
«Desde que conocí a Javier y me metió en su mundo», reconoció Félix en sus exploraciones psiquiátricas y psicológicas a raíz del cri­men, «todo cambió para mí, encontré otro tipo de pensamientos le­jos de los vulgares de cada día, cambió mi interior, me entregué a es­te tipo de filosofía que era apasionante, aún me sigue pareciendo apasionante, Javier se convirtió para mí en un ser extraordinario muy superior al hermano mayor que nunca tuve, me dejé arrastrar por él [...]. Al cabo de un tiempo llegué a hablar como él y a hacer gestos como él. Él hablaba mucho mejor que yo, mis ideas me las re­batía con facilidad [...]. Todo el mundo era estúpido para él, pero yo creo que yo para él no era estúpido».
Y Javier, la otra cara de la tragedia, encontró en Félix el público de banderita y trompeta que necesitaba su egolatría, el hermano pe­queño que tampoco tuvo, porque su único hermano, un año mayor, más fuerte, vencedor en las disputas físicas, apenas se trataba con Javier. Félix sería el discípulo predilecto de una filosofía alimentada con cuatro obras de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe o Stephen King mal mezcladas y otras tantas decenas seudoliterarias, peor di­geridas.
Durante una convalecencia por lesión en una pierna, Félix le lle­va un juego del rol y Javier aprende a jugar. Al poco tiempo el en­fermo crea Razas, un juego basado en el rol. La humanidad se di­vide en 39 razas o arquetipos que él ha inventariado basándose en personajes y nombres novelescos prestados por Lovecraft. Las razas, diría Javier, son ideas humanas llevadas al extremo. La raza 37 corresponde a los psicólogos, la 25 a las mujeres, la 22 al hombre, la 1 al bien y la 7 al mal. Cuando los psiquiatras le preguntan si jugaba al Rol, hay veces en que Javier llega a enojarse y dice que su juego era mucho más importante que el rol; era Su Obra, una «filosofía total» a la que había dedicado más de mil páginas y de la que espe­raba escribir un libro.
Hasta la noche del crimen, Javier pasa por un tipo normal, sin traumas perceptibles ni siquiera por su familia. Su padre, ingeniero industrial, solía jugar al ajedrez con él, su madre, enfermera, le sa­naba las heridas, y su hermano, compañero repetidor en tercero de Químicas, aseguraba que a Javier le bastaba con asistir a clase para aprobar.
Javier no era un joven de inteligencia superdotada, en eso coinci­den profesores y psiquiatras, pero disponía de la justa para creerse con mucha, para ganar un concurso de ajedrez en la cárcel y no disimular el orgullo o para impresionar a cuatro chavales del barrio menores que él. En los dos primeros cursos de Químicas consiguió seis aprobados, dos notables y un sobresaliente. Un expediente bueno, sin más.
Personalidad, conocimientos y edad suficiente, en cualquier caso, para erigirse en Master, líder de la banda del rol, que entre bromas y veras planeó matar la madrugada del 30 de abril a la primera víctima de lo que iba a ser una serie de crímenes. Los otros dos chava­les, Javier Hugo E. S. y Jacobo P., de 17 y 18 años respectivamente, fueron encausados por conspiración para el asesinato. A Jacobo le preguntó la policía por las normas de Razas y contestó que no había normas concretas como en el fútbol: «Se trata de sobrevivir en un mundo imaginario». Unas veces había que impedir la llegada a puerto de un barco, otras, era preciso destruir una ciudad y en al­gunas ocasiones se trataba de asesinar a alguna mujer que traicionó a su raza. Todo sobre la mesa.
Jacobo declaró que cuando Javier y Félix le llevaron al descampado donde habían eliminado a un hombre y se lo confesaron, él lo tomó como una fantasmada. Javier y Félix se vanagloriaban de aquello y lo equipararon al crimen de las setenta puñaladas, perpe­trado cerca de su barrio.
Empieza el juego
Un mes antes de la noche del 30 de abril, El País publicaba el hallazgo del cadáver de un hombre con unas setenta puñaladas y los ojos sacados. La noticia no causó otro efecto en los presuntos asesi­nos que el de animarles. A partir de ahora el tablero iba a adquirir la forma de toda la ciudad, con sus cuestas, sus descampados tene­brosos, sus personajes hundiéndose en la noche; las fichas serían pu­ñales y para moverlas vendría mejor usar guantes de látex que Ja­vier tomaría de sus clases de prácticas en la facultad; las reglas, sin límite.
Félix contó a los psiquiatras: "Yo creo que todo empezó a pla­nearlo [Javier] con decisión a raíz de un libro concreto de Lovecraft: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, y en especial el capí­tulo "A través de la llave de plata", pasaje en el que un hombre se cansó del mundo y empezó a dedicarse a sus sueños hasta que al fi­nal estos sueños invadieron su propia realidad».
Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. La realidad invadida puede ser la de un hombre casado como Carlos Moreno, con tres hijos y amigo de una viuda también con tres hijos, con la que había pasado la noche. Carlos visitaba desde hacía cinco años la casa de su amiga Modesta L., de 51 años, desde las diez hasta la una de la madrugada. Nunca pensó en separarse, ni Mo­desta se lo pidió, ni su mujer ni sus hijos, conscientes de la relación, lo obligaron. Los viernes Carlos salía más tarde de aquella casa y aquel viernes de abril salió a las tres. Si cobraba su nómina de 60.000 pesetas, montaba en taxi hasta la otra punta de la ciudad. Y si no, el búho, que es como se conoce en Madrid a la línea de autobuses nocturnos. La noche del crimen Carlos llevaba las 60.000 pe­setas en el bolsillo, pero optó por el autobús. Y en la parada encon­tró a los admiradores de Lovecraft dispuestos a soñar sus pesadillas.
El crimen perfecto exigía, según Henry, el psicópata de la pelícu­la Retrato de un asesino, un desconocimiento total de la víctima, ningún móvil, nada. Ya lo habían avanzado la novelista Patricia Highsmith y el director Alfred Hitchcock en Extraños en un tren: si un desconocido mata a mi esposa y yo a su madre, nadie ha de sos­pechar nada; en principio.
Así que ahí llegan los dos, Javier y Félix, en busca de una vícti­ma a la que nunca han visto. El escenario no podía ser más propi­cio. Un descampado de risco y pastizal, una casa desvencijada en medio de un llano, de esas que parecen existir sólo en días de vien­to, una luna de miedo y una parada de autobús, como un oasis sin nadie.
Para acercarse a los hechos valga el diario de Javier Rosado, un texto sin precedentes en la historia criminal de España:
«Salimos a la 1.30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparán­donos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión.»
«Yo memoricé el nombre de varias calles por si teníamos que sa­lir corriendo y en la huida teníamos que separarnos. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él [por Félix] le debilita­ba con el cuchillo de grandes dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible pero sí saludable), a un viejo o a un niño. Llegamos al parque en que se debía cometer el crimen, no había absolutamente nadie. Sólo pasaron tres chicos, me pareció de­masiado peligroso empezar por ellos [...]. En la parada de autobús vimos a un hombre sentado. Era una víctima casi perfecta. Tenía ca­ra de idiota, apariencia feliz y unas orejas tapadas por un walkman.»
«Pero era un tío. Nos sentamos junto a él. Aquí la historia se tornó ca­si irreal. El tío comenzó a hablar con nosotros alegremente. Nos con­tó su vida. Nosotros le respondimos con paridas de andar por casa. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a ma­tarle.»
Félix no supo explicar después por qué Javier le perdonó la vida. Y el otro nunca lo contó.
«Llegó un búho y el tío se fue en él [...].»
«Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!).»
«Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres [...]. Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada.»
« [...] La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridícu­los. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpeada, y una papeleta imaginaria que decía: "Quiero morir". Si hubiese sido a la 1.30 no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida!»
«Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. Mi compañero le mira­ba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je).»
Félix alegó dos meses después ante la policía que se encontraba algo bebido y que le daba miedo desobedecer a su amigo.
«Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las ma­nos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello.»
«Me agaché para cachearle en una pésima actuación de chorizo vulgar. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado. Nos llamó hi­jos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puñaladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir "no, no" una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. Oí el desgarro de uno de mis guantes. Seguimos forcejeando y rodamos. "Tíralo al terraplén, hacia el parque, detrás de la parada de auto­bús. Allí podríamos matarle a gusto", dijo mi compañero. Al oír es­to, la presa se debatió con mucha más fuerza. Yo caí por el terraplén, quedé medio atontado por el golpe, pero mi compañero ya había ba­jado al terraplén y le seguía dando puñaladas. Le cogí por detrás pa­ra inmovilizarle y así mi compañero podía darle más puñaladas. Así lo hice. La presa redobló sus esfuerzos. Chilló un poquito más: "Jo­putas, no, no, no me matéis".»
«Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se de­bilitaba, lo que me cabreaba bastante [...]. Mi compañero ya se ha­bía cansado de apuñalarle al azar [...].»
«Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser. Cuando los cenobitas de la pelí­cula deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca. Gloriosa idea para ellos, pero qué pena, porque me mordió el pulgar. Cuando me mordió (tengo la cicatriz) le metí el dedo en el ojo [...].»
«Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me impor­tó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota [...].»
Carlos Moreno Fernández fue un idiota que trabajó desde los ocho años como aprendiz de relojero, un obrero que con el oficio más que aprendido se quedó en paro desde hacía nueve años y padeció de nervios hasta que su esposa lo colocó en la empresa de limpieza El Impecable Ibérico, probablemente un nombre estúpido también; Carlos Moreno Fernández fue un idiota que no consintió jamás la entrada de un fontanero, un albañil o un electricista en casa porque él solo se bastaba para arreglarlo todo, un hombre idiota que a fuer­za de trabajo había conseguido dinero para educar a sus tres hijos, que sabía cocinar y le encantaba cuidar flores, un hombre que huía de los televisivos «Quién sabe dónde», «Su media naranja» y «Códi­go Uno», porque le parecían «programas para marujas». Un hom­bre. Con sus aspiraciones a corto y largo plazo, sus pequeños y gran­des recuerdos, reducidos a un charco y un bulto entre las piedras.
«Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen y me dije: “Cómo me paso” [...].»
«A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano [...]»
«No salió información en los noticiarios, pero sí en la prensa, El País, concretamente. Decía que le habían dado seis puñaladas entre el cuello y el estómago (je, je, je). Decía también que era el segundo cadáver que se encontraba en la zona y que [el otro] tenía 70 puña­ladas (¡qué bestia es la gente!) [...]»
«¡Pobre hombre!, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que buscábamos adolescentes y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. Calculo que hay un 30% de posibilida­des de que la policía me atrape. Si no es así, la próxima vez le toca­rá a una chica y lo haremos mucho mejor.»
Como no había nada que lamentar, sino todo lo contrario, la ha­zaña corrió de boca en boca entre la banda del rol. Así hasta que se enteró un amigo de ellos que se lo contó en confesión a un cura, des­pués al padre, y el padre lo puso en conocimiento de la policía.
Batallones de periodistas y psiquiatras comenzaron sus investiga­ciones. Nunca hasta este entonces se había dado en España un caso semejante.
Pascual Duarte, el genuino personaje de Camilo José Cela, co­menzó sus fecharías porque pensó que la perra le miraba mal. De un tiro la mató.
El ejecutivo rico, vacío y psicópata que protagoniza la novela del estadounidense Bret Easton Ellis narra con algunos años de antela­ción a Javier y con parecida frialdad su asesinato del mendigo: «Luego le corto el globo ocular... y él empieza a gritar cuando le cor­to la nariz en dos, lo que hace que la sangre me salpique un poco». El ejecutivo producto de la ficción contaba con el móvil filosófico de que los perdedores no cuentan en esta vida. El existencialista de El extranjero que inmortalizó Albert Camus en 1942 mató porque le atormentaba el calor, el resplandor insoportable del mar. A Javier y a Félix sólo les movió el juego.
Siete meses después del crimen, Félix Martínez, el compañero del autor del diario, declaró al psiquiatra José Cabreira, del Instituto Na­cional de Toxicología: «Después de leer todos los artículos de prensa que han hablado de nosotros, todo me parece basura periodística exagerada para distraer a la opinión pública de otras cosas más im­portantes. En particular se ha exagerado con el diario de Javier, en el que yo sé que lo que escribió estaba muy exagerado y fantaseado, es­cribió lo que él cree que pasó y en él es donde me inculpa. Además lo escribió muy deprisa, en dos o tres días, enseñándoselo luego a ami­gos comunes».
Javier también culpa a la prensa de su situación. Ninguno de los dos amigos ha hablado con rencor del otro. «Le llegué a idealizar», confesó Félix, «ése fue mi error y otro error, dejarme llevar demasiado». Para después añadir sin reparos: «Me dejé engañar, era cons­ciente de que me dejaba llevar, pero siempre aprendía algo».
Un monstruo
Félix sigue teniendo la impresión de que su amigo era un su­perdotado: «Javier es casi un inútil, alérgico, miope, con diarreas... Tiene de todo, incluso un estómago que es un caso único... Sin embargo en la parte mental es un monstruo... ».
Con un monstruo así era imposible que la policía los descubriese.
La banda confiaba en el Master, aunque no sabían que habían deja­do intactas las 60.000 pesetas en la chaqueta del idiota, con lo cual, la policía empezó a descartar el móvil del robo.
Nada más asesinarlo, Javier dedicó una ficha a Carlos con el nombre de Benito, el mismo que un profesor de Químicas. Lo dibu­jó con su bigote, con la bolsa donde guardaba su mono de trabajo, y puntuó sus cualidades: Fuerza 8, Poder 6, Carisma 4, Inteligencia 6, Tamaño 15, Voluntad 16.
Había que proseguir rellenando fichas, más cadáveres sobre la tumba del tablero, homicidios en serie, con la perseverancia de Jack el Destripador o sus secuaces anglosajones. Cuando fueron detenidos se disponían a salir de nuevo de cacería con los guantes de látex. Pe­ro a sus espaldas olvidaron una cosecha de pruebas. Restos de guan­tes en la cara del idiota, el reloj de Félix perdido en la pelea, el diario, el famoso diario en casa. Cuando la policía detuvo a Javier aún lleva­ba el dedo vendado que aseguró en el diario haberse herido al meter­lo en la boca del idiota. Se encaminaba a la casa de Félix, a veinte me­tros de la suya, con un paquete de guantes en la mano. Félix se derrotó enseguida, lo que en lenguaje policial significa ni más ni me­nos que reconoció todo. Entre sollozos declaró que el plan consistía en matar esa noche tórrida del 5 de junio a una chica y para eso los guantes. Pero Javier no se arredró ni por los agentes de la brigada de la Policía Judicial de Madrid, ni por las pruebas que le colocaban de­lante de su considerable nariz, ni por la lectura en vivo del diario.
–¡Dios mío, no puedo creer que yo haya hecho eso! Tengo la du­da de que sea verdad o ficticio.
–Si a las cuatro de la mañana –le preguntaba el policía– no esta­bas dando 20 puñaladas a un hombre, ¿qué hacías?
–Creo que estaba jugando al ordenador, no recuerdo bien. Después de los agentes llegó el batallón de psiquiatras a la cárcel.
Cada uno con sus entrevistas, con parecidas preguntas y distintas conclusiones. Si estaban locos, ningún crimen podría imputárseles; y si no, la condena sería por homicidio. Psicóticos o psicópatas, ése era el dilema.
Los psicóticos no son responsables de sus actos, los psicópatas, sí.
Los primeros se libran de cualquier condena, los segundos no. En el psicótico no existe conciencia del yo, en el otro, sí.
Los padres de Javier Rosado contrataron los servicios del profe­sor de Psiquiatría Forense de la Universidad Complutense de Ma­drid José Antonio García Andrade. El doctor se quedó extrañado de que su cliente declarase un cariño enorme por su padre, al tiempo que desconocía su edad y profesión. De la madre decía que trabaja­ba de ATS porque de vez en cuando le sanaba alguna herida.
Le confesó a García Andrade que de entre las razas, la que más le ha influido, la que más se asemeja a su persona es Cal, a quien de­finió como «un niño frágil, a veces una mujer rubia, que emana tal sufrimiento que es difícil acercarse a ella, aunque es peor cuando sonríe o tiene la cara machacada». Y aseguró: «Sin Cal yo no sería lo que soy. Con él aprendí a aprender. Lo conocí en 1988; Cal es do­lor; el bendito sufrimiento; ama los cuchillos, los objetos punzantes o cualquier cosa que pueda producir dolor, aunque lo que más le fas­cina es el dolor del alma».
De Cal aprendió Javier su simple teoría sobre la vida: «Aprender a usar el dolor es disfrutado como el placer. El dolor de los puntos de sutura que me dieron en la rodilla cuando tuve un accidente es mayor que el orgasmo con una mujer. El dolor es mejor que el pla­cer y más barato. La gente confunde al cenobita con el masoquista, pero no son lo mismo; éste disfruta siendo humillado y al someter­se, pero el cenobita disfruta al sufrir, porque con el dolor saca conocimiento. Cal dice que cometió el crimen del que se me acusa. Lo ha­ce para dañarme, para enseñarme, para causarme pena, desespera­ción, pero Cal no mata, sólo tortura».
¿Loco o actor? El 8 de octubre de 1994 le reveló a García Andra­de que el primer golpe a la víctima fue con un cuchillo pequeño de conchas naranjas. Le dio en el mentón y en la cara anterior del cue­llo y señaló el movimiento de su víctima bajando la cabeza hacia el tórax. García Andrade le hizo ver que este dato no venía en los pe­riódicos. Javier sintió miedo por primera vez, al menos, eso es lo que el forense contratado por su familia reseñó. «Estoy al borde de la lo­cura, necesito ayuda», cuenta el psiquiatra que dijo Javier, «es ver­dad, esto no venía en la prensa. Hay veces en que yo no miro, no veo, no siento, no huelo, no me fijo, no es una mente, es una máquina, tienes que hacer una cosa y la haces. Eso ocurrió».
En ese momento de la entrevista solicitó que se le sometiese al Suero de la Verdad, y se sumergió, según Andrade, en una gran an­gustia.
¿Loco o actor? Para el psiquiatra contratado por su familia, Ja­vier está loco, por tanto no se le podría imputar delito alguno. García Andrade sostiene que este chico de «inteligencia de tipo medio, con buena capacidad de abstracción y de síntesis» padece una «es­quizofrenia paranoide, además de personalidad múltiple psicótica y amnesia disociativa». Psicótico pues, sin lugar a la condena, además de esquizofrénico y con problemas de memoria.
Para el doctor, el juego no fue la causa de sus enfermedades, si­no precisamente la máscara. Dos años después del crimen, Javier se­guía jugando a Razas en la cárcel.
Pero el dictamen de García Andrade no era más, ni menos, que un estudio de parte, es decir, algo que había que contrastar necesa­riamente con otros estudios.
La titular del juzgado de instrucción número cinco de Madrid encargó otro informe a las psicólogas adscritas a la clínica médico-forense de Madrid Blanca Vázquez y Susana Esteban.
Cuando Javier les empieza a hablar de su perro Atila dice: «El pe­rro es una magnífica persona, cuando lea la prensa ya sabrá él a lo que me refiero».
Javier se declara ratón de bibliotecas, con más de 3.000 volúme­nes en su casa, y las psicólogas corroboran que el preso cuenta con cierto bagaje de cultura fantástica, pero no sabe quién es Martin Luther King, por no hablar de temas corrientes como ecología o Ter­cer Mundo, de los cuales asegura desconocer todo.
El dilema
¿Loco o actor? El informe de las psicólogas lo califica de psicópata pero... «este diagnóstico implica un trastorno de personalidad que no afecta en absoluto a su capacidad de entender y obrar [...]. El sujeto sabe lo que quiere hacer y quiere hacerlo cuando lo hace». Por tanto, susceptible de condena.
El informe de las psicólogas es bastante más duro que el del psi­quiatra contratado por la familia. Para ellas, Javier Rosado jamás se ha creído ser una de sus razas, sino que las conoce y controla a su voluntad y siempre desde una perspectiva de observador. Y conclu­yen: «Se trata de un sujeto altamente peligroso [...]. Bajo circuns­tancias favorables podría cometer cualquier crimen violento y sádi­co. Odia a la sociedad y a las personas, con las que no se siente implicado más que de forma racional. Busca activamente reconoci­miento social».
Blanca Vázquez y Susana Esteban concluyen su estudio de 21 pá­ginas el 7 de octubre de 1994. Doce días después Juan José Carras­co Gómez y Ramón Núñez Parras, especialista en psiquiatría el pri­mero y médicos forenses ambos adscritos a los juzgados de la plaza de Castilla, presentan a petición de la juez otro estudio sobre Javier de 51 páginas. Ambos análisis, el de ellas y el de ellos, se habían efectuado de forma paralela a petición de la juez y de eso se queja­rían por escrito Carrasco y Núñez al entender que «los retests practi­cados en fechas cercanas pierden fiabilidad».
Unos y otras se encierran con el preso, visitan a sus familiares, analizan sus escritos y, al emitir sus dictámenes, se contradicen. Ca­rrasco y Núñez sostienen que cualquiera de las múltiples personali­dades de Javier «pueden tomar el control absoluto de la conducta». O sea, exento de penas.
Aunque también hacen reseñar los doctores que tanto su madre como su hermano mayor no habían observado antes del crimen nin­gún comportamiento en Javier sospechoso de tratamiento psiquiátrico. Ni alteraciones de memoria, ni manifestaciones de las distintas personalidades, ni soliloquios. Siempre fue muy estudioso, introver­tido y lector infatigable. Nunca pensaron que precisase de psicólogos, aunque una vez en la cárcel comenzaron a verle con trastornos serios en sus visitas.
En una de sus entrevistas los dos psiquiatras llegan a plantearse si Javier actúa en plan estratega, porque alguna vez les había ad­vertido que durante su estancia en prisión iba a resucitar a Wul, el estratega que estaba adormecido, para defenderse así de funciona­rios, médicos y otros presos.
Tras varias horas de entrevistas con el recluso y su familia, tras consultar las más de 1.000 páginas que Javier escribió sobre su jue­go, además de bibliografía y jurisprudencia sobre personalidad múltiple en Estados Unidos, Carrasco y Núñez concluyen que sus tras­tornos no están buscados conscientemente como coartada porque sería muy difícil de simular un cuadro clínico de tanta riqueza, ex­presividad y contenidos. Resumen: enajenación mental completa. En cuanto a las posibilidades de cura, «no existe ninguna cuya indica­ción sea garantía de una evolución favorable».
Sin embargo, Javier Saavedra, el abogado de la familia de la víc­tima, asesorado por psiquiatras especialistas en casos de múltiple personalidad, sostiene que Javier es un psicópata dueño de todos sus actos. «Si hubiera encontrado junto a la víctima a un guardia civil, un psicótico habría cometido el crimen igualmente, pero Javier Ro­sado, no: él discernía el peligro. El psicótico puede ver perturbados sus sentidos afectivos, pero no es frío como el psicópata.»
Carlos Fernández Junquito, médico psiquiatra del Hospital Ge­neral Penitenciario, vio a Javier como una persona con la afectivi­dad prácticamente abolida. «Cierto día, estando presente en la en­trevista la psicóloga de la Unidad, le dijo: "Puede usted quedarse, es como el teléfono".»
Pero el psiquiatra Fernández Junquito le diagnosticó el 18 de oc­tubre de 1994, en el informe más breve de los tres elaborados, es­quizofrenia paranoide, algo que desecharon otros doctores.
Para el letrado Saavedra, Javier Rosado no sólo está exento de cualquier tipo de esquizofrenia sino que se trata de un psicópata res­ponsable y consciente de todo lo que hizo: «El lenguaje del psicópa­ta es estructurado, racional y lógico, como el de Javier; los psicópatas_ son seres racionales, muy manipuladores, engañan mucho, ambicio­nan el poder y para ello se valen del lenguaje, mientras que el psi­cótico pasa del poder. En el momento en que lo cogieron no es un psicótico, aunque después haya desarrollado una psicosis».
Javier se consideró impotente ante los psiquiatras para saber si él había cometido el crimen. Aseguró que si intentara averiguarlo se podía declarar dentro de su cabeza una guerra civil entre las razas, como la que sufrió con 17 años: «Hubo una rebelión en COU que fue la guerra de los Maras... fue cuando tuve el desengaño amoroso, mi depresión, Mara contra Fasein». Para investigar sobre aquel cri­men dijo que tendría que atravesar pasillos de su cerebro muy peli­grosos, porque hay razas que no dejan pasar a nadie por allí.
El 22 de junio de 1994 Javier salió esposado de la cárcel de Val­demoro para que lo examinara en los calabozos de la plaza de Cas­tilla un forense. En el trayecto del furgón a la cárcel, un redactor de El País le preguntó:
–Javier, ¿te arrepientes de lo que has hecho?
–Yo no he hecho nada –contestó con la cabeza gacha para eludir las fotos–, yo no he hecho nada.
Uno de los guardias civiles que lo custodiaban le levantó la cabe­za agarrándolo por la nuca y le dijo:
– ¿Que no has hecho nada, cabrón?
En la cárcel, algunos presos mucho más fornidos que él le respe­tan y le temen por el halo de inteligencia que le ha otorgado la pren­sa y sus partidas de ajedrez.
Pero su compañero Félix fue a parar a un pabellón de adultos donde los otros presos, en un alarde de originalidad, lo han bautiza­do con el alias de Niño.
Los psiquiatras Carrasco Gómez y Núñez Parra señalan que a pe­sar de todo Félix seguía admirando a Javier y se mostraba interesa­do por lo nuevo que podía estar escribiendo su amigo en prisión sobre Razas. «Ahora seguro que utiliza la raza 17, Wul, y la 18, la serpiente de lengua bífida, que intenta convencer haciendo daño a otros, implicar a otros para salvarse él mismo ... y es posible que Fa­sein pueda cortarse los dedos, Fasein es el que se automutila, que aprende con el sufrimiento, que se va cortando los dedos y va apren­diendo ... »
Félix a veces también duda de su personalidad: «No estoy seguro de haberlo hecho... pero quizás no fuera yo en ese momento... esta­ba muy identificado con Javier... me he metido en un lío... [sollozos], de una broma de matar a alguien nunca pensé que fuera a suceder lo que sucedió».
Mientras esperaban la sentencia del juez, Javier seguía jugando a sus Razas, inventando alguna de ellas basada en la persona de un policía que le interrogó, y Félix se entretenía con poemas como este que escribió antes del crimen:
Quiero romper las cadenas de la muerte
y volar por estepas infinitas
con un caballo de alas marchitas
cantando con el grito de un demente.
Pasarán estaciones pequeñitas
en el ritmo incesante de mi mente
con mi amargo recuerdo tan caliente
soñarán las mujeres más bonitas.
Mas te recuerdo y en mi memoria gritas.
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2015.07.31 04:20 CLISTENES DEUDOCRACIA, GRECIA Y PODEMOS. LA CLAVE GRIEGA. En resumen, en lugar de percibir la “austerofobia” como el justificado rechazo al despotismo del euro, persiste el temor a ser acusados de “eurofobia” bajo el chantaje de que la única Europa posible es la de la eurozona.

Deudocracia, Grecia y Podemos 31 de julio por Jaime Pastor
Desde que en 2008 estalló la crisis sistémica de este capitalismo global financiarizado vivimos unos tiempos acelerados y convulsos que apenas ayudan a detenerse y analizar las corrientes de fondo dentro de este cambio de época. Con todo, hay esfuerzos en ese sentido. Quizás uno de los más leídos en medios de la izquierda, e incluso académicos, es el que realiza desde hace tiempo Wolfgang Streeck. En uno de sus artículos con título optimista (“¿Cómo terminará el capitalismo?”) 1 subraya tres tendencias contemporáneas sobre las que no es difícil coincidir: un declive persistente de la tasa de crecimiento económico; un aumento, igualmente constante, de la deuda global 2 y, finalmente, una profundización de la desigualdad económica, tanto de ingresos como de riqueza.
Streeck destaca también cómo “la protección institucional de la economía de mercado frente a las interferencias democráticas ha avanzado mucho en las últimas décadas”, siendo buena muestra de esto “la des-democratización del capitalismo europeo sin, por supuesto, despolitizarlo”. Después de constatar, recordando a Karl Polanyi, los límites a los que ha llegado la mercantilización del trabajo, la naturaleza y el dinero, diagnostica cinco problemas centrales del capitalismo actual:
· el estancamiento económico (secular pero con burbujas recurrentes),
· la redistribución oligárquica de la riqueza y la separación creciente del destino de las elites económicas del de las masas,
· el saqueo del dominio público,
· la corrupción sistémica, y
· la anarquía global en el plano geopolítico pese a la persistencia de la hegemonía estadounidense.
Todo este proceso se ha visto acompañado –y estimulado- por las transformaciones del Estado: desde el fiscal de posguerra al endeudado y, finalmente, al austeritario del momento actual. Streeck vaticina finalmente un “período largo y doloroso de decadencia acumulativa” del capitalismo que puede tener ciertas semejanzas, aunque también diferencias, con el vivido durante los años 30 del pasado siglo.
Al margen de las controversias que puede provocar este pronóstico y de que subestime la relevancia de factores como la crisis energética, el cambio climático o los efectos en una desigualdad estructural mayor como la de géneros, etnias y naciones, no parece difícil coincidir en el análisis a grandes trazos que hace del momento histórico que estamos viviendo 3. Lo más llamativo es, sin embargo, que, como también señala Streeck, “ya nadie cree en un renacimiento moral del capitalismo. El intento de Weber de evitar que se confundiera con la codicia ha fracasado finalmente, puesto que más que nunca se ha convertido en sinónimo de corrupción”. Esta es la gran paradoja de nuestro tiempo: se acabó el relato del “progreso” social bajo el capitalismo, con lo que el déficit no solo de legitimidad sino también de eficacia del mismo (salvo para el 1 %) no hará más que aumentar en los próximos tiempos; empero, la capacidad de los y las de abajo para convertir esta crisis en una oportunidad para frenar esta “Gran Involución” y caminar hacia una salida alternativa y solidaria se encuentra enormemente limitada y generalmente reducida a luchas a escala nacional-estatal. Nada parece más urgente, por tanto, que la reconstrucción de un internacionalismo abiertamente antagónico de las clases trabajadoras, desposeídas y empobrecidas frente a un gran capital transnacional cada vez más enriquecido y ajeno a la satisfacción de las necesidades de las mayorías sociales y a la sostenibilidad de la vida en el planeta.
La clave griega
Hemos podido comprobar todo esto con el desenlace, esperemos que no definitivamente resuelto, de la contradicción vivida en Grecia entre el No del referéndum a la austeridad de la troika y Merkel, por un lado, y la capitulación del gobierno de Tsipras frente a sus dictados, por otro. Nunca había quedado más evidente la disposición de “las instituciones” (con el Banco Central Europeo a la cabeza) a imponer su tan predicada “gobernanza” al servicio de la deudocracia frente a la decisión soberana de un pueblo dispuesto a sobrevivir a la catástrofe que está sufriendo.
Con la instauración de un verdadero protectorado este golpe de Estado financiero se convierte en un aviso frente a cualquier intento de desafiar la Constitución económica de la eurozona por parte de uno u otro gobierno, aunque éste cuente con el apoyo de una amplia mayoría de la población. El mito de la Europa democrática y de los derechos sociales se ha visto así finalmente derrumbado y a esto han contribuido también los partidos socialdemócratas europeos, convertidos en fieles servidores de la deudocracia.
En efecto, por desgracia, la idea de “Europa” e incluso la del euro como símbolos de prosperidad funcionaron como referentes en unos pueblos del sur -el griego, el portugués y el español- que salían de unas dictaduras en los años 70 del pasado siglo y a los que se les ofreció entrar en “el club de los ricos” en plena “guerra fría”. La euforia del euro y el “capitalismo popular” fueron instalándose en unas nuevas capas medias ascendentes pero luego llegaría la frustración a partir de 2008. Pese a que hoy aquella narrativa optimista pertenece ya al pasado, todavía funciona como recuerdo nostálgico frente al miedo a lo desconocido: en resumen, en lugar de percibir la “austerofobia” 4 como el justificado rechazo al despotismo del euro, persiste el temor a ser acusados de “eurofobia” bajo el chantaje de que la única Europa posible es la de la eurozona.
Esa resistencia a aceptar que ha cambiado el escenario explica la facilidad con la que la salida del euro, presentada por la gran mayoría de los medios de (des)información como equivalente al desastre y al caos, continúa pesando en amplios sectores de las clases subalternas. Eso no significa que esa salida fuera la solución. Depende de qué gobierno y con qué política se haría frente al problema de la deuda, a la oligarquía local y al capital extranjero, por un lado, y respecto a la población empobrecida, por otro. Pero, por desgracia, el gobierno de Tsipras ha acabado resignándose frente a ese discurso dominante.
Así que, como propone también Perry Anderson 5, habrá que concluir que hasta que la rabia no consiga ganar al miedo, no será posible avanzar hacia una ruptura con esta “Europa”, cada vez más asimétrica y dependiente de un “centro” bajo la hegemonía geoeconómica de un Estado alemán dispuesto, en cambio, a preservar su soberanía política siempre que sea necesario a través de su Tribunal Constitucional.
En el Estado español, ¿continuidad, recambio o cambio?
Con el precedente de la primera batalla de envergadura perdida en Grecia habrá que reflexionar sobre lo que está en juego en las próximas elecciones generales españolas si realmente queremos revertir el discurso oficial de los Rajoy y compañía de que “no hay alternativa” frente al austeritarismo. Por eso no se entiende el apoyo mostrado por dirigentes de Podemos a la capitulación que finalmente ha firmado el gobierno griego compartiendo, además, la falsa excusa de la “correlación de fuerzas·”, a sabiendas de que el No en el referéndum había cambiado precisamente esa situación a favor de una posición más firme frente a los acreedores.
Con esta actitud acrítica se asume el mismo error cometido por Tsipras y subrayado por parte de su oposición interna desde hace tiempo: la nula disposición a establecer medidas de control de capitales desde el primer día, a preparar un plan B (que implique todo un bloque de medidas de transición, incluida -como resultado y no como premisa- la salida del euro, en el sentido que apuntaban la Plataforma de Izquierdas, Lapavitsas, Toussaint o el mismo Varoufakis) que demuestre, frente a la troika y a Merkel, que sí había y hay alternativa frente a sus dictados. Un error que es más grave cuando se sostiene que “España no es Grecia” y, por tanto, se reconoce que se podría hacer valer mucho más la capacidad de presión que se podría ejercer frente a la troika y Merkel apoyándose en el peso económico español y en el “efecto contagio” que tendría una salida del euro dentro de la propia UE en el caso de que se nos quisiera imponer el austericidio.
En este marco general de crisis de la eurozona y de acoso permanente al pueblo griego se van a desarrollar las elecciones catalanas del 27 de septiembre en Catalunya y las generales de noviembre-diciembre. Las primeras van a ser sin duda una prueba de fuerza con el régimen del 78 y su pilar más debilitado, el Estado autonómico; pero también lo serán respecto a cómo se articula la aspiración a la soberanía del pueblo catalán con la defensa de los derechos sociales y la apuesta por otro modelo de país y de sociedad. Tres candidaturas aparecen en competencia en ese camino: la de Junts per el Sí, la de Catalunya Sí que es pot y la de CUP-Crida Constituent. Frente a ellas son los hasta ahora dos principales partidos de ámbito estatal los que aparecen como los posibles grandes perdedores y sin que Ciutadans logre compensar su caída. Lo que sí parece muy probable es que, aun no saliendo una mayoría independentista de esas elecciones, sí habrá una mayoría soberanista dispuesta a seguir desafiando al régimen en la reivindicación del derecho a decidir su futuro. Un régimen que, tanto por parte del PP como del PSOE, sigue aferrándose al fundamentalismo constitucional y a la defensa de la “unidad de España” como única respuesta frente a una fractura que tiende a profundizarse.
Junto a esta dinámica de confrontación creciente en torno al futuro de Catalunya -agravada por las amenazas por parte del gobierno del PP de recurrir al artículo 155 de la Constitución y a la nueva Ley de Seguridad Nacional- y, no cabe tampoco ignorarlo, de otros pueblos, como el vasco y el gallego, son la crisis social y la de la democracia las que ocupan el centro de la agenda política y los alineamientos del electorado. Tres opciones principales aparecen en disputa de cara al otoño: una, la propugnada por el PP de mera continuidad del régimen actual –maquillada por una renovación generacional-; otra, la de Ciudadanos, dispuesta a ofrecerse como “muleta” para la regeneración del PP o del PSOE en función de los resultados en torno a una nueva versión neoliberal; otra, en fin, la de Podemos, a favor de un “cambio” cuyo contenido sigue moviéndose en la ambigüedad calculada y con oscilaciones entre el reformismo y el rupturismo con el régimen y la troika en sus últimos pronunciamientos.
Una ambigüedad que también se manifiesta respecto al conflicto catalán-español, ya que, si bien hay por fin un reconocimiento de la plurinacionalidad, el equipo dirigente de Podemos continúa siendo reacio a la apuesta por un proceso constituyente propio en Catalunya, no subordinado al que se propugna a escala estatal. El argumento según el cual hasta que no se rompa el candado de la Constitución del 78 no será posible ejercer el derecho a decidir no se sostiene cuando más de un experto constitucionalista ha reconocido que incluso con una lectura abierta de la ley fundamental se podría haber permitido la consulta del 9-N; y, sobre todo, cuando estamos viendo que el desafío catalán se está convirtiendo en un factor clave de debilitamiento del régimen del que una fuerza como Podemos debería servirse para mejorar la tan recurrida “correlación de fuerzas” a escala estatal. Las lecciones de la historia, desde las promesas incumplidas de Azaña hasta las de Zapatero, están ahí para comprender ese rechazo desde Catalunya a la subalternidad, con mayor razón cuando no hay garantías de que después de las elecciones generales haya condiciones para un proceso constituyente a escala estatal.
Los últimos sondeos parecen, además, confirmar que la capacidad de resistencia al desgaste por parte de PP y PSOE es mayor de la que cabía prever a partir de las elecciones europeas, mientras que por el contrario el ascenso de Podemos parece haberse frenado bruscamente; en cambio, Ciudadanos sube, si bien no todo lo que gustaría a los poderes económicos que lo están apoyando. Cabe encontrar una explicación a cada caso: el PP puede haberse beneficiado del discurso de la “recuperación económica” y del miedo a Podemos y a la ruptura de la “unidad de España”; el PSOE, de sus ganancias en poder territorial tras las elecciones municipales y autonómicas y de un distanciamiento táctico frente a algunos recortes sociales. Por el contrario, en lo que afecta a Podemos, es posible que en su retroceso haya influido una mala lectura de los resultados del 24M, no reconociendo que durante la campaña y bajo los efectos positivos de la nueva “revolución democrática” se estaba conformando una nueva “marea” ciudadana capaz de generar mayor ilusión en que se puede “ganar” en las generales en torno a nuevas “confluencias” más allá de Podemos.
Confundiendo interesadamente iniciativas como “Ahora en Común” con meras maniobras de Izquierda Unida (aunque, sin duda, ésta ayudó torpemente a esa interpretación), algunos dirigentes de Podemos mostraron un preocupante menosprecio de, al margen de hasta dónde pueda llegar esta propuesta, lo que es un síntoma: la existencia de amplios sectores de activistas y de la ciudadanía que no están ni estarán en Podemos pero que, sin embargo, reconocen su protagonismo y quieren confluir con esta formación pidiéndole únicamente generosidad y apertura. Nos encontramos así con un escenario en el que las limitaciones de Podemos para, por sí solo, volver a crear ilusión en el “cambio” son cada vez más visibles y han quedado patentes en la contestación interna y la baja participación que han tenido las primarias y la consulta sobre las alianzas. La aspiración a funcionar como una “maquinaria de guerra electoral” ha conducido a una concepción patrimonial del partido por el equipo dirigente, a la exclusión de la disidencia de los procesos de decisión en muchos lugares y al desánimo y el abandono en muchos Círculos.
Haber desoído lo que se reclamaba en manifiestos como “Podemos es participación”, pese al elevado número de personas y cargos firmantes del mismo y cuando además ya se sabía que no iba a haber elecciones generales, ha sido un lamentable error cuyos costes todavía están viéndose. Sería bueno, por consiguiente, asumir las crecientes limitaciones que tiene el modelo de democracia plebiscitaria, sobre todo una vez que hemos visto ir diluyéndose el “efecto tsunami” de las elecciones europeas y que el propio discurso oficial, pese a transgredir más de una vez algunas “líneas rojas” a la búsqueda del “centro”, se ha mostrado ineficaz para “ganar” a nuevas capas del electorado y, en cambio, ha desconcertado a sus propias bases.
No parece, además, que sea suficiente compensar ese cierre de la cúpula de Podemos con la formalización de alianzas a escala autonómica, o con la disposición a incluir a personas independientes dentro de la marca Podemos en los próximos meses. Sobre todo cuando esas alianzas se están dando más con fuerzas políticas que, en el mejor de los casos, se mueven entre la vieja y la nueva política (como ICV, EUiA y Compromís) y se relega a un segundo plano a otras como Procès Constituent en Catalunya o, simplemente, se renuncia a estimular unas primarias efectivamente abiertas a toda la ciudadanía.
Estamos todavía a tiempo de (re)construir un partido-movimiento y no dejarlo para después de las elecciones, frente a lo que prometen ahora dirigentes de Podemos. Sólo hace falta derrochar imaginación y generosidad y no temer el desborde de una dinámica participativa que es la única garantía de volver a crear ilusión en que se puede “ganar” las próximas elecciones generales. Estoy convencido de que voluntad de colaboración en esa tarea no faltará por parte de quienes, aun siendo cofundadores de Podemos, hemos ido adoptando posiciones cada vez más críticas frente al rumbo que se ha ido siguiendo durante este corto pero intensísimo año y medio de vida de una formación que, gracias –no lo olvidemos- al camino abierto por el 15M, está marcando un antes y un después en nuestra historia política y social.
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2015.07.31 04:07 CLISTENES DEUDOCRACIA, GRECIA Y PODEMOS 31 de julio por Jaime Pastor LO MAS OBJETIVO E INTELIGENTE QUE HE LEIDO HASTA AHORA.... http://cadtm.org/Deudocracia-Grecia-y-Podemos

Desde que en 2008 estalló la crisis sistémica de este capitalismo global financiarizado vivimos unos tiempos acelerados y convulsos que apenas ayudan a detenerse y analizar las corrientes de fondo dentro de este cambio de época. Con todo, hay esfuerzos en ese sentido. Quizás uno de los más leídos en medios de la izquierda, e incluso académicos, es el que realiza desde hace tiempo Wolfgang Streeck. En uno de sus artículos con título optimista (“¿Cómo terminará el capitalismo?”) 1 subraya tres tendencias contemporáneas sobre las que no es difícil coincidir: un declive persistente de la tasa de crecimiento económico; un aumento, igualmente constante, de la deuda global 2 y, finalmente, una profundización de la desigualdad económica, tanto de ingresos como de riqueza.
Streeck destaca también cómo “la protección institucional de la economía de mercado frente a las interferencias democráticas ha avanzado mucho en las últimas décadas”, siendo buena muestra de esto “la des-democratización del capitalismo europeo sin, por supuesto, despolitizarlo”. Después de constatar, recordando a Karl Polanyi, los límites a los que ha llegado la mercantilización del trabajo, la naturaleza y el dinero, diagnostica cinco problemas centrales del capitalismo actual:
· el estancamiento económico (secular pero con burbujas recurrentes),
· la redistribución oligárquica de la riqueza y la separación creciente del destino de las elites económicas del de las masas,
· el saqueo del dominio público,
· la corrupción sistémica, y
· la anarquía global en el plano geopolítico pese a la persistencia de la hegemonía estadounidense.
Todo este proceso se ha visto acompañado –y estimulado- por las transformaciones del Estado: desde el fiscal de posguerra al endeudado y, finalmente, al austeritario del momento actual. Streeck vaticina finalmente un “período largo y doloroso de decadencia acumulativa” del capitalismo que puede tener ciertas semejanzas, aunque también diferencias, con el vivido durante los años 30 del pasado siglo.
Al margen de las controversias que puede provocar este pronóstico y de que subestime la relevancia de factores como la crisis energética, el cambio climático o los efectos en una desigualdad estructural mayor como la de géneros, etnias y naciones, no parece difícil coincidir en el análisis a grandes trazos que hace del momento histórico que estamos viviendo 3. Lo más llamativo es, sin embargo, que, como también señala Streeck, “ya nadie cree en un renacimiento moral del capitalismo. El intento de Weber de evitar que se confundiera con la codicia ha fracasado finalmente, puesto que más que nunca se ha convertido en sinónimo de corrupción”. Esta es la gran paradoja de nuestro tiempo: se acabó el relato del “progreso” social bajo el capitalismo, con lo que el déficit no solo de legitimidad sino también de eficacia del mismo (salvo para el 1 %) no hará más que aumentar en los próximos tiempos; empero, la capacidad de los y las de abajo para convertir esta crisis en una oportunidad para frenar esta “Gran Involución” y caminar hacia una salida alternativa y solidaria se encuentra enormemente limitada y generalmente reducida a luchas a escala nacional-estatal. Nada parece más urgente, por tanto, que la reconstrucción de un internacionalismo abiertamente antagónico de las clases trabajadoras, desposeídas y empobrecidas frente a un gran capital transnacional cada vez más enriquecido y ajeno a la satisfacción de las necesidades de las mayorías sociales y a la sostenibilidad de la vida en el planeta.
La clave griega
Hemos podido comprobar todo esto con el desenlace, esperemos que no definitivamente resuelto, de la contradicción vivida en Grecia entre el No del referéndum a la austeridad de la troika y Merkel, por un lado, y la capitulación del gobierno de Tsipras frente a sus dictados, por otro. Nunca había quedado más evidente la disposición de “las instituciones” (con el Banco Central Europeo a la cabeza) a imponer su tan predicada “gobernanza” al servicio de la deudocracia frente a la decisión soberana de un pueblo dispuesto a sobrevivir a la catástrofe que está sufriendo.
Con la instauración de un verdadero protectorado este golpe de Estado financiero se convierte en un aviso frente a cualquier intento de desafiar la Constitución económica de la eurozona por parte de uno u otro gobierno, aunque éste cuente con el apoyo de una amplia mayoría de la población. El mito de la Europa democrática y de los derechos sociales se ha visto así finalmente derrumbado y a esto han contribuido también los partidos socialdemócratas europeos, convertidos en fieles servidores de la deudocracia.
En efecto, por desgracia, la idea de “Europa” e incluso la del euro como símbolos de prosperidad funcionaron como referentes en unos pueblos del sur -el griego, el portugués y el español- que salían de unas dictaduras en los años 70 del pasado siglo y a los que se les ofreció entrar en “el club de los ricos” en plena “guerra fría”. La euforia del euro y el “capitalismo popular” fueron instalándose en unas nuevas capas medias ascendentes pero luego llegaría la frustración a partir de 2008. Pese a que hoy aquella narrativa optimista pertenece ya al pasado, todavía funciona como recuerdo nostálgico frente al miedo a lo desconocido: en resumen, en lugar de percibir la “austerofobia” 4 como el justificado rechazo al despotismo del euro, persiste el temor a ser acusados de “eurofobia” bajo el chantaje de que la única Europa posible es la de la eurozona.
Esa resistencia a aceptar que ha cambiado el escenario explica la facilidad con la que la salida del euro, presentada por la gran mayoría de los medios de (des)información como equivalente al desastre y al caos, continúa pesando en amplios sectores de las clases subalternas. Eso no significa que esa salida fuera la solución. Depende de qué gobierno y con qué política se haría frente al problema de la deuda, a la oligarquía local y al capital extranjero, por un lado, y respecto a la población empobrecida, por otro. Pero, por desgracia, el gobierno de Tsipras ha acabado resignándose frente a ese discurso dominante.
Así que, como propone también Perry Anderson 5, habrá que concluir que hasta que la rabia no consiga ganar al miedo, no será posible avanzar hacia una ruptura con esta “Europa”, cada vez más asimétrica y dependiente de un “centro” bajo la hegemonía geoeconómica de un Estado alemán dispuesto, en cambio, a preservar su soberanía política siempre que sea necesario a través de su Tribunal Constitucional.
En el Estado español, ¿continuidad, recambio o cambio?
Con el precedente de la primera batalla de envergadura perdida en Grecia habrá que reflexionar sobre lo que está en juego en las próximas elecciones generales españolas si realmente queremos revertir el discurso oficial de los Rajoy y compañía de que “no hay alternativa” frente al austeritarismo. Por eso no se entiende el apoyo mostrado por dirigentes de Podemos a la capitulación que finalmente ha firmado el gobierno griego compartiendo, además, la falsa excusa de la “correlación de fuerzas·”, a sabiendas de que el No en el referéndum había cambiado precisamente esa situación a favor de una posición más firme frente a los acreedores.
Con esta actitud acrítica se asume el mismo error cometido por Tsipras y subrayado por parte de su oposición interna desde hace tiempo: la nula disposición a establecer medidas de control de capitales desde el primer día, a preparar un plan B (que implique todo un bloque de medidas de transición, incluida -como resultado y no como premisa- la salida del euro, en el sentido que apuntaban la Plataforma de Izquierdas, Lapavitsas, Toussaint o el mismo Varoufakis) que demuestre, frente a la troika y a Merkel, que sí había y hay alternativa frente a sus dictados. Un error que es más grave cuando se sostiene que “España no es Grecia” y, por tanto, se reconoce que se podría hacer valer mucho más la capacidad de presión que se podría ejercer frente a la troika y Merkel apoyándose en el peso económico español y en el “efecto contagio” que tendría una salida del euro dentro de la propia UE en el caso de que se nos quisiera imponer el austericidio.
En este marco general de crisis de la eurozona y de acoso permanente al pueblo griego se van a desarrollar las elecciones catalanas del 27 de septiembre en Catalunya y las generales de noviembre-diciembre. Las primeras van a ser sin duda una prueba de fuerza con el régimen del 78 y su pilar más debilitado, el Estado autonómico; pero también lo serán respecto a cómo se articula la aspiración a la soberanía del pueblo catalán con la defensa de los derechos sociales y la apuesta por otro modelo de país y de sociedad. Tres candidaturas aparecen en competencia en ese camino: la de Junts per el Sí, la de Catalunya Sí que es pot y la de CUP-Crida Constituent. Frente a ellas son los hasta ahora dos principales partidos de ámbito estatal los que aparecen como los posibles grandes perdedores y sin que Ciutadans logre compensar su caída. Lo que sí parece muy probable es que, aun no saliendo una mayoría independentista de esas elecciones, sí habrá una mayoría soberanista dispuesta a seguir desafiando al régimen en la reivindicación del derecho a decidir su futuro. Un régimen que, tanto por parte del PP como del PSOE, sigue aferrándose al fundamentalismo constitucional y a la defensa de la “unidad de España” como única respuesta frente a una fractura que tiende a profundizarse.
Junto a esta dinámica de confrontación creciente en torno al futuro de Catalunya -agravada por las amenazas por parte del gobierno del PP de recurrir al artículo 155 de la Constitución y a la nueva Ley de Seguridad Nacional- y, no cabe tampoco ignorarlo, de otros pueblos, como el vasco y el gallego, son la crisis social y la de la democracia las que ocupan el centro de la agenda política y los alineamientos del electorado. Tres opciones principales aparecen en disputa de cara al otoño: una, la propugnada por el PP de mera continuidad del régimen actual –maquillada por una renovación generacional-; otra, la de Ciudadanos, dispuesta a ofrecerse como “muleta” para la regeneración del PP o del PSOE en función de los resultados en torno a una nueva versión neoliberal; otra, en fin, la de Podemos, a favor de un “cambio” cuyo contenido sigue moviéndose en la ambigüedad calculada y con oscilaciones entre el reformismo y el rupturismo con el régimen y la troika en sus últimos pronunciamientos.
Una ambigüedad que también se manifiesta respecto al conflicto catalán-español, ya que, si bien hay por fin un reconocimiento de la plurinacionalidad, el equipo dirigente de Podemos continúa siendo reacio a la apuesta por un proceso constituyente propio en Catalunya, no subordinado al que se propugna a escala estatal. El argumento según el cual hasta que no se rompa el candado de la Constitución del 78 no será posible ejercer el derecho a decidir no se sostiene cuando más de un experto constitucionalista ha reconocido que incluso con una lectura abierta de la ley fundamental se podría haber permitido la consulta del 9-N; y, sobre todo, cuando estamos viendo que el desafío catalán se está convirtiendo en un factor clave de debilitamiento del régimen del que una fuerza como Podemos debería servirse para mejorar la tan recurrida “correlación de fuerzas” a escala estatal. Las lecciones de la historia, desde las promesas incumplidas de Azaña hasta las de Zapatero, están ahí para comprender ese rechazo desde Catalunya a la subalternidad, con mayor razón cuando no hay garantías de que después de las elecciones generales haya condiciones para un proceso constituyente a escala estatal.
Los últimos sondeos parecen, además, confirmar que la capacidad de resistencia al desgaste por parte de PP y PSOE es mayor de la que cabía prever a partir de las elecciones europeas, mientras que por el contrario el ascenso de Podemos parece haberse frenado bruscamente; en cambio, Ciudadanos sube, si bien no todo lo que gustaría a los poderes económicos que lo están apoyando. Cabe encontrar una explicación a cada caso: el PP puede haberse beneficiado del discurso de la “recuperación económica” y del miedo a Podemos y a la ruptura de la “unidad de España”; el PSOE, de sus ganancias en poder territorial tras las elecciones municipales y autonómicas y de un distanciamiento táctico frente a algunos recortes sociales. Por el contrario, en lo que afecta a Podemos, es posible que en su retroceso haya influido una mala lectura de los resultados del 24M, no reconociendo que durante la campaña y bajo los efectos positivos de la nueva “revolución democrática” se estaba conformando una nueva “marea” ciudadana capaz de generar mayor ilusión en que se puede “ganar” en las generales en torno a nuevas “confluencias” más allá de Podemos.
Confundiendo interesadamente iniciativas como “Ahora en Común” con meras maniobras de Izquierda Unida (aunque, sin duda, ésta ayudó torpemente a esa interpretación), algunos dirigentes de Podemos mostraron un preocupante menosprecio de, al margen de hasta dónde pueda llegar esta propuesta, lo que es un síntoma: la existencia de amplios sectores de activistas y de la ciudadanía que no están ni estarán en Podemos pero que, sin embargo, reconocen su protagonismo y quieren confluir con esta formación pidiéndole únicamente generosidad y apertura. Nos encontramos así con un escenario en el que las limitaciones de Podemos para, por sí solo, volver a crear ilusión en el “cambio” son cada vez más visibles y han quedado patentes en la contestación interna y la baja participación que han tenido las primarias y la consulta sobre las alianzas. La aspiración a funcionar como una “maquinaria de guerra electoral” ha conducido a una concepción patrimonial del partido por el equipo dirigente, a la exclusión de la disidencia de los procesos de decisión en muchos lugares y al desánimo y el abandono en muchos Círculos.
Haber desoído lo que se reclamaba en manifiestos como “Podemos es participación”, pese al elevado número de personas y cargos firmantes del mismo y cuando además ya se sabía que no iba a haber elecciones generales, ha sido un lamentable error cuyos costes todavía están viéndose. Sería bueno, por consiguiente, asumir las crecientes limitaciones que tiene el modelo de democracia plebiscitaria, sobre todo una vez que hemos visto ir diluyéndose el “efecto tsunami” de las elecciones europeas y que el propio discurso oficial, pese a transgredir más de una vez algunas “líneas rojas” a la búsqueda del “centro”, se ha mostrado ineficaz para “ganar” a nuevas capas del electorado y, en cambio, ha desconcertado a sus propias bases.
No parece, además, que sea suficiente compensar ese cierre de la cúpula de Podemos con la formalización de alianzas a escala autonómica, o con la disposición a incluir a personas independientes dentro de la marca Podemos en los próximos meses. Sobre todo cuando esas alianzas se están dando más con fuerzas políticas que, en el mejor de los casos, se mueven entre la vieja y la nueva política (como ICV, EUiA y Compromís) y se relega a un segundo plano a otras como Procès Constituent en Catalunya o, simplemente, se renuncia a estimular unas primarias efectivamente abiertas a toda la ciudadanía.
Estamos todavía a tiempo de (re)construir un partido-movimiento y no dejarlo para después de las elecciones, frente a lo que prometen ahora dirigentes de Podemos. Sólo hace falta derrochar imaginación y generosidad y no temer el desborde de una dinámica participativa que es la única garantía de volver a crear ilusión en que se puede “ganar” las próximas elecciones generales. Estoy convencido de que voluntad de colaboración en esa tarea no faltará por parte de quienes, aun siendo cofundadores de Podemos, hemos ido adoptando posiciones cada vez más críticas frente al rumbo que se ha ido siguiendo durante este corto pero intensísimo año y medio de vida de una formación que, gracias –no lo olvidemos- al camino abierto por el 15M, está marcando un antes y un después en nuestra historia política y social.
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